El campanero tocó y repicó unas campanas que no existían. Y ¿qué hacen los historiadores 70 años después?

¿Cómo pudo Trevor-Roper tocar unas campanas que no existían?

Él mismo nos lo dice en el Prólogo a la séptima edición en el que, con motivo de la conmemoración del quincuagésimo aniversario de los hechos, aprovecha para reafirmarse en lo sostenido en 1945 y 1947. Sin embargo, en 1983 había autentificado los falsos manuscritos que Konrad Kujau  intentó colocar a la revista alemana Stern como escritos por Hitler. Yo ya expuse los hechos en general en las p. 200-203 de mi libro, ampliando en las notas las incidencias correspondientes a España.

Sir Dick White, su otrora poderoso amigo y protector que le propuso para dirigir la investigación, se había jubilado en los primeros 70; él hacía tres años que había dejado de ser “Regius Professor of History of Oxford” y el desprestigio que causó la autentificación, aparte cuchufletas y chascarrillos, dio lugar en 1986 al libro, reeditado en varias ocasiones, de Robert Harris Selling Hitler: The Story of the Hitler Diaries,Libro sobre T-R ed. 2009libro sobre T-R y diarios x

que, a su vez, generó en 1991 una miniserie televisiva de 5 capítulos con el mismo título, que en 2010 aparecieron en DVD. He aquí su carátula:Portada de miniserie-Selling-hitler-dvd


Hay que decir que los británicos, que durante 38 años le habían considerado la máxima autoridad en la materia, hacían leña del árbol caído con la misma habilidad y dedicación que los españoles, mientras, paradójicamente, la doctrina oficial instaurada por él, jamás se revisó ni se buscó a fondo la verdad histórica, proclamada desde Heródoto (S. V a. C.) como aspiración del historiador. (Heródoto , considerado el padre de la Historía decía : “Sobre este punto voy a referir las cosas (…) [siguiendo] a aquellos que las cuentan como real y verdaderamente  pasaron” Los nueve libros de la Historia. Libro Primero: CLIO, XCV. “El amor de la verdad no me da lugar a que la calle y disimule” Libro VII. Polimnia. CXXXIX, etc.)

En 1995 se edita la séptima edición, pero 12 años no habían sido suficientes para curar las cicatrices de tanta desventura y desprestigio, que yo traté de reflejar, siguiendo el ‘tupido velo’ del olvido que se corrió sobre Trevor-Roper en The New York Times, medio en el que repartía credenciales a su gusto en sus artículos dominicales. Así que recuerda con gratitud y añoranza a su protector Sir Dick White, fallecido el 21 febrero de 1993, el todopoderoso jefe del Servicio de Inteligencia británica a quien en el prólogo de su libro considera “el primer padre y la comadrona del libro” y nos dice que “En este caso las circunstancias eran excepcionales, incluso únicas. El teatro en el que tuvo lugar la acción estaba cerrado; los actores eran pocos y conoci­dos; no había butacas para el público ni la prensa; ni críticas ni anuncios. Los documentos básicos eran pocos, y estaban todos en mi poder. Así pues, en teoría podía contar la historia sin miedo a que fuera objeto de correcciones posteriores.” (…) “¿Qué historiador podría desdeñar un desafío similar, una oportunidad como ésta?”

¡Vaya, que dicho en román paladino, lo tenía todo tan controlado que podía contarlo como le diera la gana! Y se volcó en esa tarea desde el minuto uno.

En la Itroducción a la tercera edición (1956) nos había dicho que había sido designado para llevar a cabo la labor de “reunir toda la información disponible para determinar, en la medida de lo posible, la verdad” y que británicos y americanos le dieron “todas las facilidades” para disponer de todo el material militar acumulado, para “interrogar a sus prisioneros y a garantizar la colaboración de su organización local de contraespionaje, el CIC”.

El Ejército americano había adoptado el dictamen de Walter C. Langer y su equipo de psiquíatras cuya octava posibilidad, muy probable, era el suicidio de Hitler y, por supuesto, había hecho suya la categórica declaración de Truman. El recién estrenado Presidente había dicho en la tarde del día 2 de mayo de 1945: “Los Estados Unidos tienen información oficial de que Hitler está muerto”. Churchill había dicho el 15 de mayo en la Cámara de los Comunes que su gobierno consideraba cierto el informe de la muerte de Hitler. A principios de septiembre los rusos acusaron a los británicos de esconder a Hitler y Eva en su zona de Alemania, lo cual, según el propio Trevor-Roper, “motivó mi designación para esclarecer los hechos”, lo que ocurrió a mediados de septiembre. Trevor-Roper tenía 31 años y era comandante en el Servicio de Inteligencia.

¿Qué había ocurrido? La comprometida decisión del gobierno inglés y su malestar por el morlaco que Stalin les había soltado inesperadamente; una investigación del ejército americano, la inoportuna declaración de su Presidente y, tal vez, la aplicación que Corsi dio al dilema de George Wasington; la seguridad que los británicos tenían de que serían apoyados por parte del Ejército Rojo, especialmente los del SMERSH; la inmediatez de la organización del Tribunal de Nuremberg… habían urgido a plantear la necesidad de una doctrina oficial clara, tajante y expresada en forma dogmática.

La ambición y el ego del joven comandante, elegido para ser el instaurador y principal vocero de la doctrina oficial, eran conocidos por Sir Dick White. No importaba que no tuviera preparación criminalística alguna como pone de manifiesto no haber entendido para qué podían servir la radiografías y tener que pedir “a D. S. Hayton Williams el que me explicara el significado de estas radiografías”. No es comprensible que le hubieran ordenado a él buscar la verdad, porque si, disponiendo de tan poco tiempo, hubiera sido así, se habría encontrado con demasiadas cosas que le habrían causado una perplejidad insuperable. En el escasísimo tiempo que duró su investigación es imposible que no se encontrara nada que fuera absolutamente incompatible con el suicidio; que no se percatara de la importancia de la desaparición de unos cadáveres quemados sin encontrar ningún resto de sus cenizas. Es sumamente extraño que no se hubiera planteado ni siquiera metodológicamente la hipótesis de la fuga por lo que uno no puede entender que no presupusiera, porque así estaba decidido, que Hitler se había escapado y que se había limitado a demostrar lo que le habían pedido que corroborara: que se había suicidado junto con Eva y que ambos habían sido quemados. Todos habían recibido la orden de encontrar a Hitler vivo o muerto. Sobre los rusos nos lo dijo Rezevskaya y Heimlich sobre los americanos. Solo a Trevor-Roper se le encargó que ‘averiguara la verdad’. Si hubiera tenido una disposición científica de apertura al conocimiento y establecimiento de lo que realmente hubiera podido ocurrir, no hubiera sido capaz de sacar esas conclusiones tan extremadamente pronto (da lo mismo que fueran tres semanas, como dice Corsi que consignó el Mayor Edward L. Saxe, o las seis que siempre se habían supuesto: habría necesitado, no meses, sino años).

Lo digo así, porque estoy firmemente convencido de que Trevor-Roper se limitó a cumplir una misión militar, demostrando lo que le habían pedido: que confirmara que se había suicidado. Con los apoyos con que contó, impuso el suicido y cremación SIN NI UNA SOLA PRUEBA INCUESTIONABLE. Pase que Trevor-Roper, dadas las circunstancias, tocara unas campanas que no existían, pero lo verdaderamente incomprensible es que hoy, 70 años después, los historiadores sigan tocando esas inexistentes campanas sin querer caer en la cuenta de algo evidente: que, SI ESTAS NO EXISTEN, SOBRAN TODAS LAS DEMÁS RAZONES QUE SE PUDIERAN ADUCIR.

 

2 pensamientos en “El campanero tocó y repicó unas campanas que no existían. Y ¿qué hacen los historiadores 70 años después?

  1. Me encanta todo lo que escribe. Su libro es el mejor de todos los que se han escrito sobre el tema de la muerte de Hitler. He visto documentales, leído artículos, entrevistas, libros de memorias, …., en español, inglés, francés, …. Su libro es lo mejor de todo cuanto se ha escrito.

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