Nuevo epílogo para “Buscando la verdad histórica”

EPÍLOGO

I.- Sobre el porqué de la foto de la portada del libro.

Tal vez algunos lectores se pregunten por qué he mantenido la pintura que hice sobre la fotografía del viejo para la portada de esta síntesis, una vez esclarecido el historial indiscutible de esa imagen, que acredita su falsedad.
Fue después de identificar la fotografía que el Periodista Digital publicó el 6/04/2015 en la que aparecía un Hitler de unos 70 años, cuando decidí estudiar las seis fotografías en las que aparecía Hitler con más de 56 años y, por tanto, como superviviente a la conclusión de la II Guerra Mundial.

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Esta doble imagen se encuentra en muchos lugares de internet, atribuyendo frecuentemente su origen a los archivos del FBI. No fue difícil descubrir la falsificación de la de color, que es de la que se trata.
He aquí los dos fotogramas, el original de 1943 o 1944 y el supuesto de 1968, es decir la misma fotografía recortada, retocada y sin pelo ni bigote.

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No creo que nadie se atreva a negar la falsificación.
Descubierta la superchería de la manipulación de esta primera fotografía y como las otras cuatro —aparte los ensayos que hizo la inteligencia aliada para prever la posible evolución fisonómica, que hay varios bien hechos— no  ofrecieron dificultad alguna, me centré en la ‘sexta’: un vejete en una tumbona que parecía un Hitler de 80-82 años, un tanto aletargado, tomando plácidamente el sol con la cabeza cubierta. Durante muchas horas traté de estudiar los rasgos fisonómicos del personaje completamente desdentado —Hitler carecía completamente de dientes naturales y podía no tener puesta la dentadura postiza— que aparecía en ella, adivinando su mirada recelosa y apreciando la coincidencia de los rasgos fisonómicos, para alcanzar suficiente convicción de que podía ser una imagen no adulterada muy posterior a 1945. Ciertamente yo encontré tal parecido que me encandiló la posibilidad de que fuera auténtica.
Consideré la eventualidad de que estuviera hecha con afán de engañar y, fuertemente intrigado por ella, la pinté al óleo para la portada de esta síntesis, pudiendo contrastar todos sus rasgos fisonómicos, avejentados por el paso de tres décadas… y ¡me siguió seduciendo! Si el Misionero me había dicho que él tenía algunas fotografías de Hitler (que no me iba a enseñar), hechas después del 30 de abril de 1945 y que las estaba destruyendo o enterrando, ¿por qué no podía aparecer alguna de esa larga época cuando y donde menos se pudiera esperar…?
Había entrado muchas veces en internet, buscando en vano algún dato de esa imagen. Pablo Bonetti me escribe que esta imagen de un Hitler anciano se vio por primera vez en internet hacia el 2003. La entrada más antigua que encontré sobre esa foto fue en Google: un resumen que Santiago Romero escribió el 5/10/2008 sobre una entrevista con Abel Basti en La Opinión de La Coruña. La foto estaba acompañada del siguiente pie, que se repetirá miméticamente después en otros muchos lugares de internet: “La fotografía, enviada anónimamente al investigador Abel Basti y sometida a varios análisis de técnicas faciales, muestra supuestamente a un Adolf Hitler anciano en Argentina.” Aparece en Hitler en Argentina, 3ª ed. de 2009, cerrando el Cap. XII: “Un día recibí la fotografía que se publica en esta página [400], con un mensaje anónimo, asegurando que se trata de la imagen de Hitler, muy viejo, una de las últimas fotos que se le sacó antes de fallecer. El texto aclaraba que el anciano tiene cubierta parte de su cabeza con un pañuelo para protegerlo del sol y que el sitio donde estaba en ese momento era Argentina…”.
La presentación más extensa dada por Abel Basti la hallé el 02/11/2015. Aparecía en ‘yp94ch’ y ‘simon_dice’ el 29 de abril de 2010 (http://1y2gm.foroactivo.com/t2846p10-conversaciones-con-abel-basti). Allí “sugería que era una foto hecha por computadora”, que la había recibido “en forma anónima”, asegurando que había sido publicada por un diario norteamericano en la década de 1950; que la había sometido a peritación y que “los puntos fijos de la cara coinciden con los de Hitler”. Más adelante añadía: “Al no poder contarse con el original y existiendo la tecnología de hoy en día es muy difícil establecer si la misma es verídica o apócrifa…”
Decía que podía ser “una foto hecha por computadora” y que había sido publicada por un periódico norteamericano en la “década del 50”. Por tanto, si era Hitler, tenía que tener entre 56 y 66 años, mientras que en esa foto aparentaba 80-82 años. Y si era Hitler, tenía que estar tomada entre 1970 y 1972, año en que murió en África. Así que me sumergí en un estudio del desarrollo de la informática y mostrar lo difícil que resultaba compatibilizar las fechas para que se diera esa posibilidad con ese resultado, concluyendo que “es imposible que haya podido darse una manipulación informática de esa fotografía, para, habiendo sido tomada antes de 1959 y siendo falsa, poder hacerla pasar por verdadera”.
Abel Basti apunta que él mismo mandó peritar la foto, obteniendo un resultado positivo, ya que “los puntos fijos de la cara coinciden con los de Hitler”. El estudioso argentino debería haber ofrecido todos los datos de esa prueba, comenzando por la fecha, la autoría de la identificación y, al menos, un resumen del dictamen. Basti considera  que  “hoy en día es muy difícil establecer si la misma [esa fotografía] es verídica o apócrifa”, ya que “no contás con una prueba que contraste su autenticidad”.
Sabemos que con el sistema tradicional se hicieron retoques ‘manuales’ en algunas fotografías y que la informática ha potenciado las posibilidades de falsificación de cualquier fotografía. Hoy las potencialidades de identificación son inmensas para salvaguardar documentaciones, para operaciones económicas, para la seguridad general, para identifi-caciones forenses en accidentes aéreos, etc.; pero lo que ya no tengo tan claro es el fundamento que pueda tener el envejecimiento de cualquier personaje, transformando su anatomía, echándole encima de una tacada 30 años, hasta el punto de que el resultado pueda engañar, sin que se pueda descubrir la patraña. En fin, no niego que en aquel entonces se pudiera adivinar alguna posibilidad de mutación fisonómica… pero concretar gráficamente una metamorfosis tan ajustada, producida tras 27 años de evolución facial del personaje, no era nada fácil. Y compaginar las fechas era todavía más difícil.
Descartadas  la policía y la guardia civil, busqué especia-listas. En agosto de 2015 Jesús Gómez Rodes, Ingeniero Informático Superior, me dijo que “esa imagen no parece proceder de ningún tratamiento digital de una fotografía. De las seis imágenes estudiadas, esta me transmite el mayor índice de veracidad de la procedencia de una persona retratada, sin tratamiento digital posterior”.
En base a la imagen tomada de internet, Ignacio González G. Colunga, especialista en Comunicación Audiovisual, me comunicó en diciembre de 2015 que “sin el original es imposible saber si se ha manipulado o no” y que encontraba algunos detalles “extraños”. Finalmente, envié al Dr. Enrique Alegre, profesor de la Universidad de León, la imagen de la página 400 de la obra de A. Basti escaneada a 1200 pp y el 24/03/2016 me escribió que “no se puede utilizar el análisis de imagen para establecer ningún parecido razonable con Hitler. En las imágenes de rostros, las características que más información contienen se encuentran alrededor de los ojos, y esa zona está total o parcialmente tapada u oscurecida”.
Pese a todo, seguí considerando su posible autenticidad, basada en distintos puntos, siendo probablemente el más fuerte lo recogido en el primer documento de 21/09/1945, desclasificado por el FBI (ver p. 233), que podía entenderse como una confirmación. El personaje argentino que lo había visto arribar a Argentina, se percató no solo de que Hitler se había afeitado el bigote, sino de que mostraba una cicatriz en su labio superior, rastreable en la fotografía, y, sobre todo, por la convicción de las pruebas sobre su fuga, estudia-das en este libro. Efectivamente, era algo indiscutible que no podía haber habido manipulación informática alguna y esa fotografía, si hubiera sido auténtica, probaría sin lugar a du-das la supervivencia de Hitler. La tentación de afirmar que es verdadera puede resultar difícil de vencer, pero yo dejé muy claro que “lo que es indiscutible es que mi pintura no ha tratado de engañar a nadie”.
Hacía mucho tiempo que no entraba en la página ‘grey-falcon’. Accedí el 7/11/2016. Recogía el escrito de Louis C. S. Mansfield —que tanto trabajo me dio hasta hallarlo en The Sunday Morning Star— y, al lado, el de Heimlich. Tal vez quedé enganchado porque se mostraba a Bruno Ganz con cierto parecido con el Hitler de la fotografía, que, a su vez, aparecía dos veces. La segunda tenía el sello de gettyimages y debajo el nombre de Kurt Hutton. Luego había un cuadro con información sobre Hutton. Hice mis investigaciones y, finalmente, el día 12 pedí el libro por Iberlibro. Nueve días después pude constatar que era algo absolutamente indiscutible. Este fue el resultado.

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En 1947 Kurt Hutton publicó en Focal Press un libro, cuyo título Speaking Likeness (Como si hablaran) ya había sido usado en 1874 por McMillan, también de Londres. Kurt Hutton era un fotógrafo alemán, apellidado Hübschmann, nacido en 1893 en Estrasburgo e instalado en Inglaterra en 1934. Iba siempre preparado para captar lo imprevisto. Trabajó y fundó el semanario Weekly Illustrated. Murió en 1960 en Aldenburgh, Inglaterra.
El libro recoge 66 fotografías en diez grupos. La cuarta del segundo grupo titulado Ordinary Folk (personas co-rrientes), que consta de nueve tomas, es la del anciano, su-puesto Hitler. Dos palabras en el pié: Forty winks (dormitando, duermevela…) y en las dos líneas que le dedica en la entrada dice que esa foto de la página 38 la tomó, mientras paseaba por una residencia de ancianos en busca de algo con ‘colorido local’. En el desplegable nos dice que la foto fue tomada con una Leica en 1943, y bajo el epígrafe de Lighting conditions señala que fue hecha con Luz diurna y una lámpara potentísima de techo.
A su lado, en la página impar, una anciana mira, absorta (A good look), algo que está más allá de los cactus inmediatos.

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He ahí la fotografía en su contexto. No ha existido manipulación informática alguna más que el escaneo de la misma. Tampoco ha habido trueque de fechas, ni la foto se tomó en Argentina, ni mucho menos al dictador alemán. Se trató de un fotógrafo alemán con probable ascendencia judía, que, en cuanto Hitler alcanza el poder, se va a Inglaterra, donde podía dedicarse a lo que le gustaba, algo que no se podía hacer ya en Alemania: ir por la calle con la cámara preparada para fotografiar todo lo que le pudiera llamar la atención.
Creo que haberme esforzado tanto como el que más en aclarar si esa fotografía era auténtica o no, me otorga el derecho a seguir utilizando la pintura que hice en base a ella en el verano de 2015. Esa es la razón de que la siga manteniendo con el refuerzo de un emoticono. Aunque el parecido pudiera ser muy fuerte, desde luego no hay identidad y, por tanto, no puede haber riesgo de engaño.
Espero que pronto pueda ser sustituida, no por la de Albert Pankla o por la de cualquiera de sus dobles o la del citado Bruno Ganz, sino por una auténtica, esté tomada en Argentina, en su refugio centroeuropeo o en cualquier sitio del ‘universo orbe’.

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