Hitler enterrado en Paraguay: ¿creíble o nueva pajarota?

Imaginemos a Iósif Stalin y a Georgi Zhúkov hoy.  Stalin, a sus 140 años, seguiría teniendo abundante pelo y bigote blancos, mientras que Georgi Zhúkov con 120 estaría completamente calvo. No hace falta envejecerlos con algún programa informático ni echarle mucha imaginación. Si hoy Stalin hiciera a Zhúkov la misma pregunta que le hizo en la madrugada del 1 de mayo de 1945: “¿Dónde está el cadáver de Hitler”, el mariscal le contestaría, probablemente sin dudarlo, “en Paraguay”.

Stalin, con ojos llenos de asombro, volvería a interpelarle:

—Pero, camarada Zhúkov, ¿podrá probar documentalmente que Hitler está enterrado en Paraguay?

—No, camarada Stalin. No hay documentos que lo acrediten.

—¡Tendrá testimonios suficientes y coincidentes!

—Tampoco, camarada Stalin. Aunque el enterramiento lo presenciaron unas cuarenta personas, solo hay un testigo.

—¿Y dónde murió?

—Pues unos dicen que en Argentina y otros que en Brasil…

—Unos y otros dicen… ¿Qué dice usted, camarada Zhúkov?  —demandó Stalin.

—Pues yo creo que en uno de los cuatro países que rodean el lago Chad…

—¡Pero cómo! Y, claro está, ¡también sin documentos ni testigos! Entonces…, ¿cómo se atreve usted a sostenerlo, tan convencido…?

—Hay un testigo, un religioso, cuyo nombre y demás datos uno ha prometido no revelar hasta que haya muerto, pero a este paso nos entierra él a todos. Claro que, cuando desaparezcan los últimos testigos, ya centenarios, ¿a quién le va a interesar saber si Hitler se escapó —ya hoy hay tantísima gente que le importa un bledo— y qué estímulos y ayudas pudo haber para que se ocultara…?

—Sí, sí, qué intereses, qué motivaciones…

—Dígame, camarada Stalin, ¿habría enviado usted a su mejor piloto, quien, estando cojo y residiendo habitualmente en Alemania, tuviera que desplazarse a Brasil o Argentina para llevar el cadáver de Hitler a Paraguay…? ¡Cojo y a sus 55 años! A sus órdenes llevaba otro piloto, ¡faltaría más!, pero como las distancias de norte a sur en Chile, Argentina o Brasil son tan grandes como pueda ser la que hay entre Cádiz y el norte de Noruega, sobran comparaciones innecesarias. ¿Tenemos que buscar un  documentos que avalen semejante irracionalidad…?

—¡Qué difícil me lo pone, camarada Zhúkov…!

—Acaba de conocerse una magnífica actuación del Gobierno argentino y de las personas que lo han realizado: la digitalización de 74.128 documentos de la  guerra. Yo no los he visto, pero seguro que no hay ninguno que ampare el enterramiento de Hitler en Argentina. Exactamente igual ocurrirá cuando Brasil y Chile digitalicen todos los suyos. Desde ese momento nadie podrá  citar cualquiera de esos tres países y quedarse tan ancho.  

—En nuestra época no existía ese medio tan poderoso para estudiar la verdad de lo que pudo pasar. ¿Habría que haber soportado los relatos de Trevor-Roper y de Bezymenski? Ambos contaron lo que se esperaba de ellos: el suicidio de Hitler, fuera con veneno, de un disparo en la boca o en la sien y lo de la cremación.

—Alto ahí, camarada Stalin. Yo al final en mis memorias me apunté al suicidio, que fue lo que predominó tras la desaparición de Vd., pero no a la cremación.

—Sí, ya sé. Algunos han llegado a afirmar que yo terminé por admitir que se había suicidado. Pura mentira. Si algún día Rusia decide digitalizar todos los documentos de la época, verán que yo nunca cambié de opinión, aunque autorizara a hacer un documental en que Hitler se suicidaba. Todos deberían digitalizar sus documentos y ponerlos en internet. Nada de sentirse satisfechos con los llamados documentos del FBI o con los conmemorativos del año 2000 de Vinogradow o con los publicados por el Archivo Nacional británico. ¡Sería un gran instrumento para que los estudiosos pudieran aclarar lo que pasó!

— Hay cosas, que, si se aceptan, podemos parecer tontos de capirote. Por lo menos, busquemos documentos que encubran nuestra irracionalidad…. ¿Ha encontrado usted algo tan incomprensible como arder cuatro cadáveres entre tanta madera sin que quedara ninguna huella…?

—¡Tranquilo, camarada Zhúkov!  

—Camarada Stalin, creo que no deberíamos darnos por satisfechos, contentándonos con que nos disfracen la mentira, pero teniendo que aceptarla como verdad indiscutible.

Stalin murió en 1953 y Zhúkov en 1974. Stalin preguntó a Zhúkov por el cadáver de Hitler en las primeras horas de la mañana del 1 de mayo de 1945. Y, desde ese momento, Zhúkov repetía que mientras no apareciera su cadáver, él seguiría pensando que se escapó…

 

ACOTACIÓN: En un periódico argentino (Clarin 25/08/2017 http://clar.in/2izicTNha aparecido un extenso artículo sobre la digitalización de 74.128 documentos hecha por el Ministerio de Relaciones Exteriores, bajo el título Segunda Guerra Mundial: los archivos desclasificados de Cancillería argentina. Supongo que los subirán a Internet y podamos acceder a ellos sin cortapisas. Al menos hasta ahora yo no he dado con ellos.

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