Obra de referencia

He dedicado siete años y medio a la investigación y estudio del controvertido final de Hitler. He intentado que mi trabajo fuera un ensayo histórico, por lo que lleva el siguiente subtítulo: “HISTORIA E IMPUGNACIÓN DE LA GRAN MENTIRA DEL SIGLO XX”.

Trata fundamentalmente sobre qué pasó con Hitler el 30 de abril, si se suicidó como ha sostenido la doctrina oficial o, simplemente, desapareció antes de la caída de Berlín. Se titula con la pregunta que Stalin formula al mariscal Zhúkov cuando este, a las 5 de la mañana del día 1 de mayo de 1945, le informa de lo que Krebs había comunicado a Chuikov: que Hitler se había suicidado y que su cadáver había sido quemado. Elegí esta pregunta, porque realmente constituye el leitmotiv presente en toda la investigación rusa. Es el estímulo central, el acicate constante que motiva la actividad febril de los altos oficiales del SMERSH hasta que el 5 de mayo encuentran unos cadáveres requetequemados y unos dientes que en seguida atribuyen a Hitler y Eva Braun.

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El fruto de mi estudio consta de dos partes:

PRIMERA.- Una parte impresa: un libro de 512 páginas en las que se recogen todo lo que he considerado fundamental para mostrar la falsedad de las pruebas utilizadas desde el 1 de noviembre de 1945. Al texto de cada capítulo se añaden distintas notas de carácter bibliográfico, documental o erudito. Suman en total 442 referencias impresas, de las cuales unas 340 son ampliadas en @, es decir, en la segunda parte ofrecida en internet.

SEGUNDA.- Esta parte, expuesta en abierto en la web, consta de los siguientes apartados:

1º.- Reproducción de la portada, de las 60 primeras páginas del libro, de las 26 de la ‘Bibliografía citada’ y del Índice. Con ello he pretendido ofrecer una idea de cómo está estructurada la obra y qué contenidos abarca, de tal manera que nadie pudiera sentirse defraudado después de abonar 19, 90 € más costes de envío.

2º.- 111 folios que recogen, bajo el epígrafe genérico de ‘Notas y ampliaciones’, 340 ‘Notas’ extensas, imprescindibles en una obra que está en contra de lo que se ha opinado oficialmente durante 70 años, y las ‘ampliaciones’, que son partes retiradas de la ya extensa exposición general, como son, entre otras, el análisis de algunos procedimientos de Trevor-Roper o mi estudio comparativo entre los dientes rusos y los de Hitler, elaborado antes de contar con el magnífico informe del Dr. D. José Luis Prieto Carrero, médico y odontólogo forense desde 1988 y especialista en Antropología Forense del Instituto Anatómico Forense de Madrid desde 1993.

3º.- Además están los 15 folios del Índice onomástico, 5 del Índice detallado del libro y 2 de un Índice detallado de los contenidos expuestos en internet.

El material de estos 133 folios abarcaría unas 350 páginas y el resultado sería un libro demasiado voluminoso, excesivamente caro y con altos costes de envío por mor de un material no indispensable para la mayoría de las personas a quienes pudiera interesar mi trabajo.

La PARTE IMPRESA consta, como se puede apreciar en el índice, de cuatro partes, precedidas de una Perístasis inicial y otra final. Yo tuve en 1968 un testimonio personal, el del futuro misionero, pero no lo utilizo para probar que Hitler se escapó, sino que lo presento como una ‘perístasis’ en el sentido que recoge el diccionario de la RAE (“tema, asunto o argumento del discurso”), que coincide sustancialmente con el de sus dos étimos griegos, que vienen a significar ‘alrededor de’ o sobre’ el tema. No utilizo esa manifestación como prueba ―algún día contaré el porqué―, sino que la cuento para que las personas, que me lean, sepan que hace 39 años tuve un testimonio, muy fidedigno para mí, que confirmé en 2007, ya muy anciano el misionero, antes de comenzar mi investigación. Indudablemente, me dio gran seguridad en mi estudio, pero yo me atengo exclusivamente al análisis riguroso de las pruebas ofrecidas por la doctrina oficial, percibiendo matices y perspectivas que otros estudiosos no fueron capaces de captar, porque no partían de la certeza personal que yo poseía. Ha ocurrido más veces en la historia.

Yo solía explicar a mis alumnos en Historia de la Filosofía de COU que Copérnico y Galileo no partían de cero para propugnar el heliocentrismo, sino que conocían la doctrina de Filolao, de Aristarco de Samos y de Eratóstenes, porque, no en vano, veinte años antes de nacer el eminente canónigo polaco, los turcos habían conquistado Constantinopla y grandes eruditos bizantinos, como Constantino Láscaris, habían venido a occidente, trayendo consigo numerosos códices griegos, cuyo conocimiento daría lugar al Renacimiento italiano del siglo XV. Ellos (Copérnico, Galileo, Kepler, Newton…) comprobaron la innecesaria complejidad de la teoría geocéntrica sostenida por la doctrina oficial, que seguía la filosofía aristotélico-ptolemaica, y que todo era mucho más simple y racional, si se seguía la doctrina heliocéntrica de Aristarco. Pues, salvadas las distancias, algo parecido me ocurrió a mí con el suicidio de Hitler y Eva.

El primer capítulo de la primera parte recoge el testimonio del general Weidling, que estuvo allí en el búnker, y vio cosas raras, pero, como no pertenecía al grupito selecto, no se percató de que aquello era un simulacro. El segundo se basa en una fuente rusa que recoge el intento de negociación con los rusos que, contra toda posibilidad de éxito, Goebbels y Bormann encargan al general Krebs, que sí pertenecía al grupo. Mientras este informa al general Chuikov de que Hitler se suicidó y trata de negociar con él una tregua imposible, el soviético le enseña una nota en la que le comunican que Hitler estaba en el Tiergarten, es decir, en el sitio en que el relato de Egros –que la doctrina oficial desconoce–  sitúa la salida de Hitler y Eva en avión con la intervención del comandante Peter Kainitsch y de un piloto, cuyo nombre y rango exacto desconocemos.

La parte segunda es una extensa historiografía, donde expongo las obras que han configurado la doctrina oficial, citando con menor relevancia otras muchas de entre las innumerables que se han limitado a repetirla acríticamente; pero, sobre todo, recojo y estudio aquellas obras que no han tenido acogida en los autores que sustentan esa doctrina oficial. He descrito en esa historiografía todos los escritos heterodoxos que he podido hallar, no porque opinen más o menos como yo pueda opinar, sino porque, por desgracia, en las bibliografías existentes en las obras que siguen incondicionalmente la doctrina tradicional, no las citan. Ni siquiera un autor tan serio como Ian Kersaw ―que incorpora siempre abundante bibliografía: 39 páginas en la biografía de Hitler en los dos gruesos tomos de la editorial Península― cita a Mansfield, a Egros, a Szabó…

¡Cuántos datos se nos habrán ocultado que ahora muy difícilmente se van a poder encontrar…!

En la tercera parte se estudian una por una todas las pruebas oficiales: los cadáveres, tan sospechosamente quemados, y el del varón… ¡CON UN SOLO TESTÍCULO!; las declaraciones de los testigos, tan inconsistentes y contradictorias; los telegramas, certificado de matrimonio, testamentos y codicilo, auténticos, pero hechos para hacer creer que se había suicidado; las manchas de sangre sin un grupo sanguíneo uniforme; la admitida falsedad de los restos de Eva; la cantidad de madera que se acumulaba a la salida del búnker que imposibilitaba quemar cuatro cadáveres sin provocar un incendio arrasador y la prueba más fundamental: los DIENTES, que las radiografías no confirman como de Hitler, según el testimonio del Dr. Giesing que fue quien las mandó hacer, y los dibujos del dentista dejan tan al descubierto su falsedad que en cuanto los especialistas disponen de fotografías de calidad (Sognnaes solo dispuso de la publicada por Bezymenski, que era de 1945) ven el engaño, como lo han visto nuestros tres especialistas, dos de los cuales son de primerísima categoría (el forense Dr. Prieto y el radiólogo Dr. De Miguel) y el tercero, un joven odontólogo titulado en 2009 por el nuevo plan, capta la huella de una extracción reciente. Después ha aparecido una prueba de que Hitler no había sufrido ahí ―en la mandíbula inferior izquierda― ninguna extracción desde hacía ¡29 años!

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Pintura hecha a la vista de una imagen de National Geographic sobre los dientes que los rusos atribuyeron a Hitler. En la enorme oquedad aparece deslumbrante la huella limpia de la extracción reciente de un molar, suficiente para declarar a falsedad de esa atribución.

Creo que se puede afirmar con todo rigor que la TESIS OFICIAL NO OFRECE NI UNA SOLA PRUEBA ABSOLUTAMENTE FEHACIENTE E INDISCUTIBLE. Durante 70 años nos han hecho comulgar con cabezas de tuneladoras del Metro y no con simples ruedas de molino, como se decía antes; pero cada cual es libre de admitir como dogma indiscutible algo tan patentemente falso como los constructos de Trevor-Roper  y Bezymenski.

En la parte cuarta planteo qué es lo que yo creo que ocurrió. En esta parte, pocas veces puedo ofrecer pruebas objetivas indiscutibles, pero creo que mis conclusiones no son suposiciones ni meras hipótesis de trabajo, ya que algunas alcanzan una certeza más que razonable. Por ejemplo, que existía un plan preparado con la suficiente antelación: que habían construido un refugio principal, tal vez no excesivamente lejos de Vaduz; que el suicidio ni siquiera se representó mediante dobles y que NO EXISTIÓ CREMACIÓN ALGUNA A LA SALIDA DEL BÚNKER; que con ello se trató de engañar a todos, pero especialmente a los altos gerifaltes nazis, que pudieran delatarlo; que el suicidio y cremación de los Goebbels tuvo lugar ante el Ministerio de Propaganda y que ese hecho objetivo y el filicidio de sus seis niños contribuyeron a hacer más creíble el suicidio de Hitler; que fueron los rusos quienes prepararon los cadáveres y los dientes; que está documentado que el 18 de mayo de 1945 el TENIENTE GENERAL Miroshnichenko fue REBAJADO A CORONEL; que los rusos tenían y usaron los duplicados de las prótesis y las radiografías dentales; que Hitler utilizó más de una cuenta bancaria secreta y que, por tanto, estuvieron operativas hasta que emprendió aquel viaje del cual no regresó jamás.

Solo puedo afirmarlo con certeza subjetiva, pero sé que en 1972 viajó a un lugar de África Central donde, esperando encontrarse con el misionero, murió y fue enterrado de pie. Puedo decir que años después el misionero volvió al lugar de la inhumación y el cadáver del extranjero, que había viajado hasta allí para verle, había desaparecido y solo quedaba un hoyo vertical vacío.

Di mi palabra al misionero: mientras él viva, no haré público ningún dato que pueda conducir a su identificación. La cumpliré, pero, entre tanto, seguiré BUSCANDO LA VERDAD HISTÓRICA hasta que la alcance o hasta que, intentando cumplir mi empeño, se cierre mi ciclo vital y sea acogido en el ‘misterioso hogar’, que decía Unamuno.

Valeriano de la Cruz Mañanes